Blog

I lost myself (un día en Austin City Limits)

2016-11-06

unnamed

El mensaje de texto entró a eso de la una de la tarde: “un chico está vendiendo la taquilla del festival para hoy”. La emoción normalmente tiene el efecto de convertirme totalmente incoherente y repetitivo. Por suerte estaba hablando por teléfono en ese momento con la única persona que puede responderle a mis ruminaciones pesimistas. Si salía demasiado cara ella ponía una parte, no hizo falta. Esto se iba a dar por fin y si lo planeaba no hubiese salido mejor. No es una frase vacía aquí, tengo pruebas de esto.
En el 2008 estaba a tres horas del concierto y con suficiente dinero pero no encontré con quién. En julio de este año lo armé con mi amiga: ella compraría las taquillas y yo pondría donde crashear. Taquillas y pasajes comprados con fechas mal organizadas (es decir, el plan se arruinó) .—-pongo esto aquí porque no sé si me queda clara la frase; hasta que me entró ese mensaje de texto me consolaba con que regresarían a Austin en algún momento.
Mientras hacía el power walking hasta el cajero y luego a encontrarme con el deus ex machina, pensaba en la misma amiga que había comprado las taquillas para el día equivocado. Tendríamos 13 o 14 años cuando salió el álbum que todavía es mi favorito de la banda. Recostados sobre counters en la clase de ciencia tiramos las cabezas mientras salían las vibraciones y las voces distorsionadas del CD player. La disonancia y la fragmentación respondían a un proceso creativo en resquiebro aun cuando la primera canción repetía su mantra de orden. Imposible no sentirse identificados en ese preciso momento en que nada se siente fijo. Luego la novia que me dedicó una de sus canciones y ponía las letras en algunos de sus poemas. Después, el despertar político y la resistencia, todavía imprecisos pero sinceramente sentidos, qje adquirían su forma y contenido por lo que escuchaba. Las veces que compartí sus discos para explicar algo en mí que ya no podía expresar mejor que lo que había escuchado y la satisfacción de servir de curador de sensaciones nuevas para los no iniciados. Ahora yo volvía a ser el novato.
El Deus ex machina, con el boleto de pulsera en mano, no entendía la magnitud de la sorpresa lograda por su descenso. Mientras me explicaba los detalles, yo me aseguraba de no decir ni hacer nada para que desapareciera la taquilla. A las pulsaciones, a veces, hay que sacarlas a pasear. De todas formas, la amiga que había procurado la taquilla sí entendía, quizá por la fraternidad de los que organizan su pasado en discografías, o tal vez porque, al igual que yo, estaba saliendo del hiatus y comenzando de nuevo en esta ciudad. O simplemente porque los había visto antes y sabía lo que me esperaba. Si el hilo de Ariadna existiese, sería la música. Es eso lo que me ha acompañado en todos los lugares y tiempos en que he sido. Estaba a punto de trazar otro camino, tanto por la banda como por la experiencia de un festival.
Pido disculpas, casi sinceras, porque sé que una buena crónica requiere detalles más precisos. Recuerdo haber llegado un chin después de las 3 de la tarde y haber escuchado a varios artistas en el ínterin; comida, cerveza, conversación con gente fantástica. Los escenarios estaban en los bordes del parque, siete en total, con nombres de patrocinadores y gente protegiéndose del sol como podía. El corrillo comparaba la organización con la falta de en festivales de México (nadie se pasaba ni comenzaban tarde), lo poco que bailaban acá y varios de los artistas hacían eco de lo mismo. A menudo pasaban personas recogiendo basura que parecían interesadas de igual forma en la música que se estaba tocando. También había una multitud de astas con banderas, luces, pancartas y foam hands.
La primera parada fue Foals en la tarima principal. El clima no fue bondadoso con Yannis Philippakis, acostumbrado a un sol más propicio para el nivel de energía que requiere su música. Detrás de gafas y sudor, sin embargo, corrían, saltaban e interactuaban con el público al que no defraudaron. Luego tocaba recargar energías cerca de donde empezaba a sonar Gina Chávez. Comíamos junto con otras personas que habían venido al país nada más para el concierto. Se escuchaba la mezcla de idiomas y estilos que por lo menos por este rato aparecía en la ciudad y en la tarima de la austinita. El set fue más corto, pero la variedad y cantidad de personas debajo de la pequeña carpa fue entre las mayores durante el día hasta la última banda: muestra de que se respeta lo local mucho y que Chávez es un buen reflejo de lo que la ciudad a menudo aspira a ser. “Siete-D” fue el highlight del set para muchos a quienes se les hizo imposible no bailar, hayan o no conocido de antemano la historia de la canción y como llevó al establecimiento del fondo universitario para jóvenes latinas Niñas Arriba.

unnamed-1
De aquí regresamos a la tarima principal para escuchar a Flying Lotus. Le comenté a mi amiga, “imposible que ahora no bailen”. Nada que ver, acaso levantaron los talones un poco. Este había sido un artista que yo siempre escuchaba de fondo sin prestar atención particular a las canciones. Rápidamente me di cuenta que es el artista perfecto para un festival; energético, hablador y con un excelente sentido de improvisación. Mientras peleaba con el sol en los ojos soltaba las canciones bailables que reconocía, dándome cuenta a la vez de que se trataba también de sensaciones íntimas. Le reclamaba al público que bailara, nos hablaba de Thom Yorke y en ocasiones parecía resentirse de la falta de participación de la gente. “All in good fun”, decía después: este era su espacio y él decidía el mood.
Salí corriendo, tacos de pescado en mano, con una de las chicas a ver a M83. Estaba cayendo la noche y el montaje de la banda surtía mejor efecto que el de Flying Lotus. Aun así, la oscuridad hacía que el navegar por el bullicio se hiciese más difícil. Intentamos acercarnos más pero era imposible y a la distancia no lográbamos diferenciar la música de las otras tarimas cercanas. Después de tres canciones desistimos e intentamos regresar a la tarima principal para la última banda.
Las últimas dos horas se nublaron entre las dos pantallas, la banda y todos los recuerdos. A penas tuve suficiente noción de mí, del tiempo, del hilo, como para grabar la última canción: “For a minute there, I lost myself, I lost myself. Phew, for a minute there, I lost myself, I lost myself”.

About Joshua Ortiz Baco

Joshua Ortiz BacoJoshua Ortiz Baco is currently a student in the PhD program at UT Austin's Department of Spanish and Portuguese. His main areas of interest are Caribbean literature from the 19th to the 20th century and surviving a PhD program in the 21st.

Joshua Ortiz Baco