Colaboradora Invitada: Dra Gabriela Polit, Medellín 2014

Invitamos a Dra. Gabriela Polit, profesora en el programa de español y portuguesa, a escribir sobre sus viajes de investigación. Medellín 2014 es la segunda de dos contribuciones. Se puede leer la primera aquí.

Las comunas de Medellín están encaramadas en las montañas, se aposentan sobre barrios de clase media, trazados como el damero de la ciudad moderna que Medellín soñaba ser en la primera parte del siglo veinte, cuando la promesa del desarrollo industrial albergaba a sus moradores con la decencia que dan las calles pavimentadas y los servicios públicos. A las comunas, en cambio, subieron los migrantes del interior a quienes las guerras les arrebataron sus tierras, los desplazaron y los cercenaron en tandas y por varias generaciones. Ahí, como pasa en las zonas de invasión de América Latina, cada calle pavimentada es un logro comunal, como lo son el tendido eléctrico, la alcantarilla, el centro de salud y la escuela. Una de esas comunas es La Cruz, donde Patricia Nieto llevó a cabo un largo trabajo de campo durante los años 90, cuando todavía la zona era disputada entre bandas de jóvenes a disposición de narcotraficantes, por paramilitares y milicianos. Llegó cuando los caminos eran de tierra hecha lodo o polvo, según el clima, y cuando sus habitantes no se animaban a contar las historias que los habían empujado hasta allá arriba, porque a todos les había pasado lo mismo y no había nada nuevo que contar. Nieto no les dio una voz, ni les enseñó nada que ellos no supieran, pero los escuchó y al escribir sus historias, les permitió a los vecinos y a los habitantes de la parte baja de la ciudad, reconocerse en esos relatos como habitantes de una misma ciudad. Llanto en el paraíso es uno de los libros más bellos sobre los desplazados de la guerra.

¡Pero qué absurdo¡ ¿Cómo puede haber belleza en un libro que retrata tanto dolor?

La palabra por ser abstracta, es la forma más compleja y completa del encuentro y la representación del otro. En el espacio de lo que no alcanza a nombrar, está la posibilidad de la imaginación, de la efectiva presencia de las diferencias y también de lo bello. Al seguir a Patricia Nieto en sus reencuentros con los personajes de sus crónicas en La Cruz, aprendí que no es el horror lo que más nos conmueve, sino la belleza. Como el árbol de mango plantado en un pedazo de pendiente a la orilla del rancho encorvado de doña Berta, hecho de restos de madera y terminado con ladrillo, ese pedazo de loma es la nostalgia misma de la abundancia del campo donde Doña Berta vivió y donde le mataron a tres de sus hijos. Fue el árbol de tercas raíces agarrado a ese trozo de tierra empinada lo que más me conmovió de Doña Berta, porque en el orgullo con el que habló de sus papayas que no echan raíz, entendí la violencia su pasado y la precariedad su presente.

¿Es que la belleza del texto oculta o justifica el dolor de los otros? ¿Es que buscar la palabra justa, preocuparse por el ritmo de la historia, jugar con el tiempo y la construcción de los personajes, como se haría en una novela, es dejar de reconocer la experiencia del horror de esos sujetos? ¿O es lo contrario?

La descripción del horror como una secuencia de evidencias, sus causas y sus efectos, da el perfil de una víctima. Eso es lo que se necesita en un juzgado: víctimas a quienes la justicia (en el mejor de los casos) intentará reparar las pérdidas para liberarlos de esa enajenante condición.

Por fuera del lenguaje de la ley, las víctimas de la violencia siembran árboles que les dan arraigo, y les brindan sombra en su nueva tierra, que les permiten comer frutos de su propia cosecha.

Algo parecido sucede con una crónica bella, la palabra que sin insistir en el horror, lo retrata de mejor manera.

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