Fondos de Cultura en Chile: hacia una política que fomente la equidad en el acceso

Chile, mi país, se encuentra en pleno proceso para elegir nuevo presidente. Después de la elección del domingo pasado, dos candidatas pasaron a segunda vuelta. El próximo 15 de diciembre será el balotaje, momento donde los chilenos sabremos quién gobernará el país los próximos cuatro años. Una vez que esto ocurra se empezarán a vislumbrar los posibles proyectos para el nuevo período. Un elemento importante tiene relación con  los desafíos en materia cultural, que pese a no contar con mucha difusión, son de vital importancia en el desarrollo de nuestro país. Normalmente el concepto que se asocia con política cultural en Chile, son los Fondos de Cultura, o como se conoce cotidianamente, el Fondart. Estos fondos han sido la cara visible de la política cultural de los gobiernos de los últimos años, ya que sin lugar a dudas son el elemento fundamental de nuestra institucionalidad en esta materia. A veinte años de la creación de los fondos, cabe hacernos la pregunta de si estos responden a las condiciones de nuestra actual realidad; en otras palabras, si el contexto actual es el mismo en el cual los fondos de cultura fueron creados, y si las necesidades son las mismas de entonces. Este ejemplo puede ser de gran importancia para países latinoamericanos que ven en Chile ciertos elementos de política cultural como referente.

La creación de los fondos de cultura implicó básicamente destinar recursos que buscaban incentivar una alicaída producción artística, con la creación de una institucionalidad cultural correspondiente paralela a este proceso. Paulatinamente los fondos se diversificaron en diversas categorías, lo que ha permitido una gran diversidad de proyectos a lo largo de los años, determinando que alrededor del noventa por ciento de la producción artística chilena dependa de los fondos estatales (ver columna relacionada). Este mecanismo ha sido sin lugar a dudas exitoso si se toma en cuenta que la producción artística es mucho mayor a la comparada con la que se producía en esos años. Sin embargo, el hecho de depender de un solo mecanismo de financiamiento y de que los fondos de cultura se han convertido en el principal centro de recursos, han provocado una serie de consecuencias que obligan a pensar en un posible rediseño de esta política.

En primer lugar está el hecho que la iniciativa, diseño, y logística de los proyectos es de responsabilidad de los artistas, quienes postulan para financiar los proyectos que ellos han creado. En categorías como perfeccionamiento o creación es entendible y lógico; sin embargo, el tema llegar a ser problemático en itinerancias, temporadas regulares y festivales. Chile es un país desigual en muchos aspectos, y el acceso a la cultura no es la excepción. Según la encuesta de consumo cultural del año 2009 (ver columna relacionada) y la del 2012 (ver encuesta), los sectores de más bajos ingresos son los que tienen una menor participación en eventos artísticos. Si a esto se suma el hecho de que algunas de las actividades financiadas por los fondos de cultura son con entrada liberada, el problema se observa con mayor preocupación. ¿Qué ocurre con los sectores de bajos recursos? ¿Si ningún participante propone proyectos en estas zonas significa que no existirán actividades artísticas en ellas? Si pensamos que el noventa por ciento de la actividad artística en Chile se financia vía fondos estatales, sumado al hecho de que muchas municipalidades han dejado de cumplir un rol cultural descansando en los fondos, el problema es mayor. En este sentido, una planificación que diseñe programas y eventos para esos sectores se hace necesaria con el fin de garantizar un acceso equitativo.

En segundo lugar, y ligado a lo anterior, está el problema de la regularidad en temporadas anuales financiadas por los fondos. Por la misma razón de que la iniciativa recae en los ejecutores, es probable que ciertas temporadas o festivales que se realicen incluso en zonas de escasos recursos solo tengan una versión por el simple hecho de que al año siguiente el ejecutante no pueda o no decida postular. El Estado busca garantizar acceso a la cultura, aspecto que necesita de proyectos a largo plazo, sobre todos en zonas que no tienen una relación frecuente o informada con estas manifestaciones artísticas; pero este objetivo no puede realizarse si no existen las condiciones necesarias básicas, que es el hecho de que los principales responsables aseguren su participación en forma prolongada. No basta con que un postulante decida realizar un proyecto por un año con impacto social, lo que tiende a dar una mayor posibilidad de ser aprobado. Es necesario que la persona que idea la propuesta sea capaz de comprometerse en un período de tiempo mayor.

En tercer lugar encontramos la dependencia casi total al financiamiento estatal. Como señalamos anteriormente, alrededor del noventa por ciento de la actividad artística se financia a través de los fondos. Esto genera una gran presión y dependencia, lo que se traduce en una reacción ezquizofrénica, debido a que una misma persona opina de manera muy distinta dependiendo de si un años obtiene o no el apoyo de los Fondos de Cultura. Es por esta razón, que la relación con los fondos es “de amor y odio”. De esta manera, claramente se deduce que la matriz de financiamiento debe diversificarse, a través de un mayor incentivo e información a donaciones para proyectos artísticos que lo permitan. De esta manera, los recursos, que tienden siempre a ser escasos, pueden priorizar aspectos de equidad cultural si es que los privados apoyan la producción en eventos que así lo requieran en zonas de mayores recursos.

En cuarto lugar tenemos la contradicción de que las manifestaciones de vanguardia buscan en el Fondart su forma de financiamiento, elemento que en ocasiones resulta contradictorio para algunos (ya que es el sistema quien las financia), desligando la labor de financiamiento de este tipo de manifestaciones a las universidades y centros de desarrollo que deberían estar ligados a estas corrientes artísticas. Nuevamente, incluso a nivel de centros de estudios, la dependencia del Fondart es significativa, ya que en casos de festivales de música contemporánea, las instituciones también acuden a los fondos para su financiamiento. El gran problema es que el día que los recursos disminuyan las manifestaciones contemporáneas corren el gran riesgo de ser las primeras en sufrir los cortes, debido a que tienden a ser manifestaciones menos masivas y específicas. Por esto se hace necesario que las instituciones generen y busquen recursos de otras fuentes para estas iniciativas. En este sentido, los centros de vanguardia, en caso de que quieran ser viables económicamente, deben estar ligados a instituciones de mayor tamaño, de lo contrario, será muy difícil para ellos subsistir por costos operaciones, y por el hecho de que difícilmente serán masivos. También, al estar ligados a instituciones de educación, poseen una mayor libertad en la experimentación  y económica.

Todos estas dificultades, son producto de que los fondos han alcanzado un gran desarrollo, siendo ya el momento de que entren en otra etapa. Nuestro país, ya se ha acostumbrado a una presencia de producción artística cada vez mayor, por lo que la gente está habituada y participa con mayor frecuencia. Sin embargo, esto es algo que se quiere aumentar, y para eso es necesario tomar decisiones. De esta manera, una política cultural que ha estado principalmente orientada a la asignación de recursos, puede incluir objetivos de mayor equidad en el acceso para toda la población. Por esta razón, el futuro Ministerio de Cultura, debería tener un rol más activo en el diseño y planificación mucho mayor comparado al que ha tenido hasta ahora con el fin de asegurar esa equidad

En primer lugar, el Estado debe tener una mayor iniciativa para gestionar temporadas e itinerancias en zonas de escasos recursos. En este sentido, el Estado puede diseñar las actividades, apoyado en instancias académicas para diseñar el tipo de temporadas que quiere realizar. Se tendrán que tomar decisiones y habrán manifestaciones que se privilegiarán por sobre otras, en el que las artes de tradición más académica (es decir, las que están dentro de las universidades) corren con ventaja. Esto implicará una recopilación de datos y diseños especiales, con el fin de garantizar un acceso equitativo a las artes, pero sólo en zonas donde los recursos no están o son menores. En este mismo sentido, los fondos deben asegurar un financiamiento a largo plazo a temporadas e itinerancias que se realicen en estas comunas o sectores, privilegiando estas zonas por sobre otras con mayores recursos, que puedan acudir a otro tipo de financiamiento.

En segundo lugar, y como hemos señalado anteriormente, urge diversificar la matriz de financiamiento. En este caso, se pueden seguir modelos exitosos de otras latitudes, en donde el financiamiento privado no significa sólo que los empresarios dan dinero. En lugares como Estados Unidos, muchas personas particulares, a través de pequeños aportes, financian sociedades de música y sociedades artísticas en general, en ocasiones incentivadas por elementos tributarios. Esto hace que las personas se sientan involucradas en el proyecto, asistiendo a las actividades con mayor frecuencia, dando ideas y en ocasiones participando en el diseño de ellas. En otras palabras, la sociedad civil se involucra con fuerza en el desarrollo.

En tercer lugar, el Consejo de Cultura y el Ministerio de Educación deben fomentar una coordinación entre ambas instituciones, sobre todo en temas como la educación artística a nivel escolar, donde el diseño y renovación de los programas es algo que atañe a ambas instituciones con el fin de lograr equidad cultural en este ámbito también, independiente de los recursos de los distintos establecimientos educacionales. De esta manera también se fomentaría la formación de audiencias, ya que el fomento a la creación y a la producción artística, tendría su contraparte directa a través de los proyectos de fomento al público.

Finalmente, las universidades, los centros de estudios, y las municipalidades, deben fomentar un financiamiento distinto a los fondos para sus actividades, convirtiéndolos en una alternativa más, pero no en la única. Instituciones de gran tamaño pueden gestionar con mayor facilidad aportes de diversos orígenes, lo que podría descomprimir la dependencia existente.

En síntesis, los fondos de cultura han cumplido un ciclo. Han elevado la cantidad y calidad en la producción artística de manera significativa. Por esta razón, la formación de audiencias y la equidad en el acceso es fundamental, con el fin de lograr que cada chileno pueda acceder a la cultura sin importar su origen. Si anteriormente fue la producción artística lo que se buscaba incentivar, ahora es tiempo de desarrollar audiencias asegurando equidad en el acceso, sin descuidar lo que se ha logrado hasta ahora.

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