El Tratado de Salsología (fragmento): Roland Moreno, patafísico

El Tratado de Salsología (fragmento): Roland Moreno, patafísico

Gabriel Noriega
The University of Texas at Austin
 

A una reunión del Grupo de Estudio Salsológico, en Bobychill, Vladimir y Estragón llegaron acompañados por un hombre de unos 70 años de edad. Era una de esas personas cuya apariencia no deja lugar a dudas sobre su carácter y oficio: era un científico loco. Cuando lo vi pensé en Einstein, claro, sus cabellos blancos eran más deschavetados que los del propio Vladimir. Le pregunté qué quería tomar, le ofrecí agua, té y también cerveza, pero Roland me preguntó si no tenía algo más fuerte. Lo único que bien pudimos ofrecerle fue un licor llamado Pata de Vaca, que Vladimir había traído desde el Ecuador (y que se había añejado en el fondo de un cajón encima del refrigerador), un licor de caña anisado en el que se fermenta la pezuña de una vaca por meses. Nuestro inventor lo bebió con deleite y celebró con profusas y eclécticas descripciones. Con el pasar de las horas, sus catamientos del licor fueron haciéndose más y más poéticos, claro.

Vladimir lo presentó a los salsólogos con grandes honores. Dijo que era un gusto tener a un patafísico tan puro en nuestra reunión y en el orden del día constaba la ceremonia de nombramiento del señor Moreno como Gran Maestro Salsero, y luego una charla que nos iba ofrecer titulada El humor y el ingenio.

Vladimir contó que las intuiciones que tuvo Estragón cuando conocieron a Roland en el Palacio del Elíseo sobre su gran maestría patafísica, fueron confirmadas cuando visitaron su posada al sureste de París, hace un par de semanas. Este laboratorio, según contó, no era más que una media agua, con un techo de zinc y una puerta de aluminio.

—La modestia, menos en la ropa nocturna y en la colección musical, es una cualidad de todo salsero que se precie, intervino Estragón, mientras bebía un whisky importado.

Contó Vladimir que golpearon a la puerta y que el tipo les dijo que ingresaran. Al accionar la puerta del laboratorio, un cartel colgado de dos cables descendió en frente de los recién llegados. Decía:

INÚTIL DECÍRMELO:
Ya sé de antemano que
— esta habitación apesta
— este letrero es pretencioso
— no retrocedo ante absolutamente nada con tal de volverme interesante.


La paradoja estaba en que, en efecto, ese letrero les ahorró un poco de preguntas y comentarios, que sin embargo nadie hubiera hecho por innecesarios y ofensivos, por lo cual el letrero, en definitiva, no les ahorraba nada ni a ellos ni a nadie.

A Roland lo encontraron sentado en un sofá viejo, fumando un cigarro. Vestía bluejeans rotos y una vieja camisa blanca con manchas de café. Era casi ensordecedor el sonido de ciertas maquinitas, de correas y de poleas, de cosas que golpean a otras cosas, de sonidos repetitivos, algunos broncos, otros casi artificiales, de un reloj cucú.

El hombre los recibió sin demasiadas cortesías, y con absoluta naturalidad. Tuvo la decencia de invitarles, eso sí, un café negro. Para servirlo, activó con el pie un sistema de poleas que descendió del techo: encima de un cojincito rosa, dos tazas y la cafetera humeante. Se lo sirvieron. Era café guatemalteco. Muy aromático, acotó Estragón. También les ofreció cigarrillos. Luego, sin demasiada ceremonia, les presentó sus inventos mientras les contaba de su vida. Había estudiado en la Sorbona. Literatura y luego psicología. Había fracasado en ambas carreras, y renunció tempranamente a la vida universitaria. Entre los oficios que se consiguió después constaban el de barrendero y también el de carnicero, el de maquetista publicitario, el de panfletista, el de periodista. En la sección de crímenes. Luego, claro, y a intervalos, había sido desempleado, chômeur, que se dice en francés.

—¿Cuál fue tu oficio favorito?, le había preguntado Estragón.

—El de desempleado, dijo Roland. Me gusta no hacer nada. Pero tuve que volver al periódico. Hay que ganarse el pan. Pero esta vez fui mandadero. Finalmente, por azares de la vida descubrí que existía en París una clientela para gadgets inservibles, y que yo tenía un cierto talento para construirlos. Desde entonces me dedico a esto.

Les mostró algunos de sus inventos más reputados. Primero, la máquina de hacer saltar cerillas, un artefacto relativamente complejo, en el que sobre una superficie —como la de un parlante en horizontal— rebotan las cerillas. Había algo encantador en aquello. También había inventado un pájaro, una maquinita que produce un pitido único, sin melodía ni nada por el estilo. Les explicó, que este pájaro le ahorraba a los amantes de los pájaros que no toleran los inconvenientes de los pájaros, los inconvenientes de los pájaros. ¿Cuáles inconvenientes?, preguntó Estragón. Pues que los pájaros pueden ser sucios, o que pueden salir volando. Y que hay que alimentarlos, dijo. El pájaro no se parecía en nada a un pájaro, quizás solamente en el tamaño. Cabía en la palma de la mano. El sonido que emitía era regulable. Más agudo —alegre, dijo Moreno— o más grave o triste. También había máquinas percusivas conectadas en un alboroto de cables multicolores, que probablemente ya se le habían vuelto indescifrables al mismo Moreno y que dotaban a todo esto de un aire absurdo. ¿De dónde te viene la inspiración?, le había preguntado Vladimir. De los traumatismos de la infancia, fue la respuesta de Moreno.

Por último les mostró la máquina “cara o cruz”, un aparato sencillo que servía para dar aleatoriamente la cara o la cruz. Todo era analógico, claro. ¿Cara o cruz?, les preguntó Moreno. Cara, dijo el uno. Cruz, dijo el otro.

Así fue que presentó Vladimir a Roland, y este lo miró todo el rato, con unos ojitos sonreídos, casi conmovidos. Después de esta introducción, Roland finalmente nos ofreció su charla humor e ingenio. Aquí transcribo, del diario de Vladimir, las notas que él tomó. Me gustan, porque parecen los 5 mandamientos de una epistemología venidera:

1. Toda ciencia empieza cuando deja de tomarse en serio.
2. Un invento inútil es una pregunta bien hecha.
3. La precisión consiste en exagerar con tino.
4. El error exige fidelidad. Volver es imposible, dejádlo que despliegue su lógica torcida, su coherencia inesperada.
5. No buscamos síntesis: practicamos la proliferación,

Fue una presentación excelente. Luego bailamos. Roland sabía algo de salsa, había estado en Cuba, por algún motivo.

Nunca más lo vimos. La última imagen que tengo de él es que se iba tambaleando por el pasillo del edificio hacia el ascensor. Estragón tuvo la sensatez de irse con él, solo no llegaría muy lejos. O quién sabe.

***


Al día siguiente descubrí que del libro de Robert Escarpit, El Humor que había citado en un par de ocasiones durante su charla, se le había caído una hoja. Hasta ahora la conservo. Dice:

(…) de nostalgia, dicho sea de paso, el autor renuncia a definir, y no sin cierto humor, precisamente, abandona a su lector ante la primera edición (1771) de la Encyclopaedia Britannica. Con el rótulo Humour, en lugar de una definición, se encuentra una remisión por partida doble:

Humour, see Fluid (ver Fluido)

Humour, see Wit (ver Ingenio).

(…) Sin esperanzas de dar una definición satisfactoria del humour, el lexicógrafo de 1771 remite a su lector a dos sinónimos aproximativos.

***


Apenas unos meses después de que Vladimir viajara a América Latina, me encontré en una página recóndita del Charlie Hebdo, con la triste noticia de que Roland había fallecido. Entonces me puse a investigar algo más sobre el hombre. Resulta que fue el inventor de los chipcitos que están en las tarjetas de débito. Y las de crédito. Curioso destino para uno de los patafísicos más puros… En todo caso confirma la aplicabilidad concreta del método patafísico.

Gabriel Noriega es un investigador y escritor ecuatoriano. Actualmente es candidato a doctor en Literaturas y Culturas Iberoamericanas en la Universidad de Texas en Austin. Le interesan el cine documental, la literatura en general, la patafísica y la salsa.

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