Picuyo
Leyles Rubio León
Mierda, pensó Alberto, tras escuchar unos ruidos metálicos a lo lejos. Tengo que serenarme. Podrían ser los invasores, los que te disparan o dejan colgado en un árbol. Había parado la lluvia que lo sorprendió mientras caminaba, obligándolo a refugiarse en esa especie de cueva. El chofer del autobús lo dejó en la carretera, lejos del pueblo, renuente a acercarse a esa zona. El cielo se iba despejando, así que inició su camino hacia la casa. Buscando valor, bebió unos tragos de turco y encendió un cigarrillo. A cada paso, su corazón palpitaba con más fuerza. Se quitó el sudor con un pañuelo. Besó la estampa de la Virgen del Carmen que guardaba en su bolsillo y en voz baja rezó. En esas primeras horas, cuando el sol iluminaba a cuentagotas, el bochorno se mezclaba con la neblina. Con la frente en alto, avanzó sobre el terreno irregular.
Se acercó a la plaza. Sus pasos resonaron, como si cada eco amplificara la soledad que lo rodeaba. Un manto de hojas secas cubría las bancas vacías. La iglesia, y el municipio, con sus ventanales polvorientos y puertas oxidadas, parecían guardar secretos inconfesables. Las calles, otrora llenas de vida, ahora yacían quietas y desoladas, desentonando con los recuerdos festivos que brotaban de su memoria: el colorido de las guirnaldas de papel, el ritmo contagioso de la banda de música, las risas y los bailes que llenaban el lugar de vida. Un suspiro escapó de sus labios, cargado de nostalgia por un tiempo que ya no volvería. A pocos metros, se encontraba su lugar.
A medida que se acercaba a la casa, sus mejillas brillaban rojas como aquellas manzanas que cosechaban en familia. Los primeros rayos de sol lo acariciaban y sintió el calor estival en el otoño de su vida. Su piel bronceada se tensó, tragó saliva de leche tibia recién ordeñada. Avanzaba, sus cabellos se movían al paso firme y festivo de ese niño que corría feliz. Llegó a la fachada. La vio más pequeña, muy distinta a cuando la dejó. El peso de los bolsos se tornó insoportable, cayó de rodillas, disfrutó en esa posición de un concedido descanso. Se recostó en el suelo, apoyando la frente en la pared. Probó la lluvia empozada en la tierra. Sus músculos se tensaron, los vellos que cubrían su pecho, brazos y piernas se erizaban. La memoria de una infancia feliz ocultó por un segundo la realidad. Supo que muy atrás quedó un pasado en familia. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo. Entre ellas, una de hierro resaltaba por su tamaño y peso. Con esa, abrió las cadenas del portón principal, por donde antes entraban los caballos.
Tuvo que acomodar las provisiones traídas del Callao, el par de botellas de pisco y la poca agua que consiguió en Huamachuco. Capas gruesas de polvo y malos olores se acumulaban en los muebles y repisas. Su padre le advirtió que habría poco combustible. En el galpón encontró unos litros, para alimentar unas cuantas noches las lámparas a kerosene. También encontró unas velas rojas de cera. Se sintió aliviado. Nunca lo aceptaba, pero temía estar en la casa a oscuras.
Cuando fue a su cuarto, encontró el colchón lleno de tierra, tan áspero y rígido como la corteza de un árbol viejo, incapaz de adaptarse a la forma de su cuerpo. Lo sacó a la intemperie y lo comenzó a golpear con un palo, también para matar cualquier alimaña que hubiera anidado. La suciedad había invadido las sábanas y las colchas. Quiso descansar. Ya echado, se tapó con su casaca. A pesar del cansancio del trayecto, no pudo dormir: la tormenta en su mente y los hincones en su cuerpo se lo impedían. Sacudió la cabeza, intentando despejar turbios pensamientos.
Su estómago rugió con fuerza. Le pidió que encontrara algo comestible. Debía limitar el uso de las provisiones que había traído consigo. No sabía cuándo podría volver a salir a buscar comida. Abrió con dificultad una lata de atún, por la mano defectuosa, y la devoró. Alberto comenzó a registrar la cocina. Las alacenas estaban vacías, salvo por algunas latas oxidadas y paquetes de arroz llenos de gorgojos.
Se dirigió al fondo de la casa, al terreno de la chacra y lamentó su estado. Le esperaba una larga jornada, la falta de fuerzas lo invadía. El viaje había durado una semana más de lo planificado. Miró la tierra que había dejado por años. El picuyo había invadido los recovecos, las grietas, y toda la zona de cultivo. Esa hierba de porquería. No la había visto así, tan alta y resistente. Comenzó a sacarla con las manos tal como lo hacía junto a sus hermanos, aunque esta vez con más dificultad. Silbó la canción Cara sucia, lo entonaban mientras ayudaban a su padre en la siembra. Sonrió por un momento hasta que la hierba se le escurrió de la mano incompleta. Mierda, susurró.
Buscó la estatua de la Virgen del Carmen. Una vez imponente y orgullosa, ahora se encontraba en un estado de abandono, envuelta en un manto verde musgoso. Las enredaderas trepaban por su túnica, ocultando sus rasgos faciales. El picuyo, esa planta parásita, crecía a su alrededor como una plaga, y la aislaba del mundo. La mala hierba trepaba por su pedestal, como una serpiente sigilosa, amenazando con derribarla. Alberto creyó ver en su rostro, donde antes se reflejaba la serenidad y la paz, una mueca de dolor congelada en el tiempo.
Se acercó a la gruta con pasos lentos y pesados para liberarla. Una ráfaga de viento frío lo golpeó en el rostro, trayendo consigo un olor resbaladizo, a tierra mojada. La brisa susurraba entre las enredaderas. Al llegar a la base de la estatua, extendió su mano temblorosa y tocó la piedra fría. La textura áspera y desgastada por el tiempo lo conmovió hasta las lágrimas, despertando en él una profunda impotencia. Se alejó con el corazón apesadumbrado, preguntándose si algún día la Virgen volvería a brillar con su antigua gloria.
Las dudas lo ensombrecían. Había perdido el ritmo de leer el calendario lunar, esa guía ancestral que marcaba el pulso de la tierra y dictaba los tiempos de siembra y cosecha. Talento que se va marchitando en la urbe, donde realizó trabajos más mecánicos. ¿Era posible habitar lo inhabitable, cultivar en un entorno tan hostil? Las incertidumbres lo asaltaban, pero emprendería la tarea, desafiando las inclemencias del clima y la desolación del paisaje. Volvería a sembrar trigo, ñuña, oca. Producir harinas y venderlas a otros pueblos. O proponer su trabajo, como mano de obra.
Si quería empezar la siembra pronto, debía preocuparse primero en preparar la tierra. Fue a buscar con qué ayudarse. En el granero todas las herramientas estaban en orden, como él las recordaba. Descolgó las palas, probó una contra el piso, lo mismo hizo con las otras dos restantes. Luego el pico, el más largo era su preferido, y comprobó que estaba desafilado. Con un cepillo de acero, le quitó el óxido. Algo mejoró. Se subió a la bicicleta afiladora. Imposible pedalear, la cadena estaba dura. Se bajó y probó con una piedra. Ahora sí, y despotricó con alegría. La dejó apoyada contra un muro. Paso a paso, recuperaba los utensilios que más le servirían. Se sentó para descansar.
Sintió mucha sed, la garganta seca. Limpió un poco los baldes y salió al río Uchuragra para bañarse y traer agua a la casa, de la manera que la abuela solía pedirle. Esta vez iría con algo de recelo. Miró sus manos. La ausencia de dos dedos lo devolvieron al dolor.
*
Alberto se instaló en el Callao con su familia por las promesas laborales. El puerto, las industrias aledañas y los almacenes necesitaban jóvenes macizos y vigorosos como él. Cada madrugada, una fila de hombres, con la mirada fija y el paso programado, recorrían las calles camino al trabajo como máquinas de carne y hueso. Él entró a una fábrica de electrodomésticos. Mientras que Elva, su esposa, recorría treinta metros desde su casa hasta la intersección de las avenidas Dominicos y Tomás Valle. Empujaba un carrito de madera, con una canasta repleta de humeantes rosquitas, cachangas y café, y en su morral llevaba un cofrecito que ella utilizaba para guardar el dinero de la venta. Lo recaudado les alcanzaba para completar los gastos del hogar y recuperar lo invertido. No para ahorrar, vivían con lo justo.
Durante doce años, cumplió fiel con la producción sugerida en la fábrica, pero a sus cincuenta años la vista lo traicionaba y sus reflejos también. Los gritos de su supervisor retumbaron, como un eco tortuoso.
¡Huevón, qué te hiciste!
¡Llévenme al Hospital de Emergencias! ¡Ahí trabaja mi cuñada!, rugió mientras buscaba con qué cubrirse las heridas. Pedazos de carne yacían esparcidos por el suelo. Un charco de sangre no dejaba de crecer. La desorientación lo envolvió como una neblina, impidiéndole pensar con claridad.
Eso está al otro extremo de la ciudad, dijo su compañero Ambrosio, quien recogió los trozos, escurridizos como peces, y los puso en una bolsa transparente con alcohol y hielo.
Él vio cómo se distrajo y no retiró a tiempo la mano izquierda y el troquel lo agarró. La cuchilla hidráulica cortó la pieza de chapa junto con los dedos medio e índice. La destrucción de las repisas de la refrigeradora fue instantánea.
Ninguna ambulancia llegó. Llamaban a la central y daban la misma respuesta: Que esperaran. Lo tuvieron que acomodar en uno de los camiones de la empresa. Desde afuera, se encontraron con una larga lista de pacientes esperando horas para ser atendidos por un médico. Hasta que el compañero Ambrosio se abrió camino, rogó que lo ingresaran y pagó por lo bajo a un doctor. Alberto vio borroso cómo le cosieron los muñones redondeados. No lo hospitalizaron y le dieron de alta en unas horas. Aún tenía la bolsa de plástico. Antes de salir, fue al baño y tiró los dedos al inodoro.
Hijos de puta, susurró mientras se hundían. La venda que cubriría la mano por meses y años se impondría como recuerdo de mala suerte.
Con la fuerza de un roble, se sobrepuso al accidente y siguió dedicado, trabajando en roles menos complejos debido a su discapacidad. Un lunes dieciséis de mayo, se levantó como cada mañana a las cinco y once. Elva le dio el bolso con la comida. Sazón añorada. Se besaron entre bostezos. Llegó a la fábrica y se encontró con un cartel, en la puerta metálica de la entrada. A partir de hoy, cierre definitivo. Los obreros tenían esperanzas de que les permitieran trabajar a cambio de alimentos, que escaseaban. Invadieron el local. Se manifestaron en la oficina vacía del dueño. Reclamaron la presencia de los sindicalistas. Nunca nadie apareció. Nada. Humillado y ansioso, regresó a su hogar. Sin saber qué hacer.
En una improvisada reunión familiar, informó lo que para los presentes era la peor idea. Volvería a la sierra para trabajar la tierra, vender lo producido, y enviar alimentos a sus hijos. Un silencio opresivo se apoderó de la sala, en contraste con las risas infantiles que resonaban en el patio, donde los niños correteaban sin percatarse de la solemnidad del momento. Leonidas, su hermano menor, levantó la voz para increparlo.
Volver a la chacra es muy peligroso, dijo con tono firme y severo. Han invadido el pueblo. Si llegas, te matan.
Es lo único que tengo. Acá nadie me contrata. Menos con esta mano, respondió.
Ellos atacan cuando menos lo esperas. ¿Cuándo viajarás?
Solo anunció que en un par de días. Ya vio la forma. Claro que estaba al tanto de la situación por las noticias. Las explosiones y disparos, la gente huyendo, escondiéndose en Lima. Muertos decapitados. Pero a Alberto solo le aterraba ver caer en la miseria y el hambre a su familia.
Te prepararé choclo con queso, huevo y huacatay para el viaje, dijo su madre, conteniendo el llanto.
En cambio, su padre Antón, desgastado por el peso de los años en sus hombros, se puso de pie con una rapidez inusual. Su avanzada edad lo tenía casi estático, pero con su bastón golpeó la mesa de azulejos y sentenció que iría con él. Relató sin parar los tiempos de su juventud, cómo construyó esa casa de dos pisos. A él se le ocurrió colocar, en una de las entradas, la tienda para atender a los mineros. Si todo eso hizo sin ayuda y con apenas treinta años, hoy estaba más capacitado.
Todo el monólogo lo recitó parado y apenas sostenido del respaldo de una silla. Fue él quien crio a los siete hijos, conforme crecían los pesó con sus propias manos en la balanza donde ya habían pasado más de mil animales, entre cuyes, pollos, cerdos y ovejas que vendía en los pueblos vecinos. Y bla, bla, bla. Una severa punzada en los pies, lo silenció. Tal vez se entregó ante la realidad: no podría luchar por su familia y, aún peor, era una boca más para alimentar. Algo así pensó porque dijo que los pies le fastidiaban y que debía tomar una buena taza de café ralito. Antes lo tomaba bien cargado.
Esa noche, después de las cachangas, tamales, y los adioses, los dos niños se lavaron bajo la supervisión de Zaida, la mayor de los hermanos. Sin ningún berrinche se pusieron ropa para dormir. Fueron al cuarto principal y besaron a sus padres. Sintieron el ambiente cargado, antes de ir a sus camas. Alberto abrazó a su esposa, intentó bajar la mano para acariciarla, pero ella se alejó y le dio la espalda. Salió contrariado a beberse varias copas de turco y fumar.
A la mañana siguiente, encendió la leña para cocinar las roscas y se quedó en una esquina del patio trasero, dibujando cruces en la tierra. Elva se sirvió del silencio de la madrugada para suplicarle.
No te vayas, por favor, dijo. Juntos podremos.
Él no respondió. Utilizó el vendaje que cubría sus partes mutiladas para secar las lágrimas de su compañera y le pidió al oído, con voz carrasposa, perdón. Así se despidieron. Luego, Elva partió a la calle y le tomó más de la cuenta volver a su casa con todo vendido. Ella lo tendría cuesta arriba.
La abuela comenzó a preparar la machica y les sirvió café con leche a sus tres nietos para que fueran a la escuela con la panza calentita. Él aprovechó ese instante para prometerles que regresaría pronto. Les dio un beso en la frente y los vio partir con sus mochilas en compañía del abuelo Antón. Escuchó el rugir del motor del Volkswagen Escarabajo de su hermano y corrió a abrirle la puerta.
Leonidas y dos hermanas más, de la familia numerosa, bajaban unas cajas con provisiones y medicinas. Las apoyaron en la mesa de azulejos cascados. Alberto arregló sus maletas y se aseguró de que sus ocho cajetillas Ducal no se chancaran. Los cuatro hermanos se reunieron a un costado de la cocina para conversar y fue ahí cuando les explicó el plan de viaje.
Ambrosio lo llevaría hasta Trujillo en su vehículo. Luego, tendría que encontrar algún transporte para los kilómetros restantes hacia Huaylillas. Que pasara por Huamachuco y cruzara el río Marañón por el puente. No debía tomar el desvío que llevaba a las minas de oro. Esa ruta representaba un peligro. Los invasores detenían vehículos a su antojo para robar o llevarse a algún pasajero.
Su compañero lo recogió a la hora pactada y desde ahí recorrieron juntos los kilómetros acordados. El tiempo duró más a causa de las lluvias. Se despidieron con un abrazo en la estación de buses. Dentro, se dirigió al que tenía un letrero con la ruta Pataz. Antes de subir, preguntó si paraba en su pueblo y tras obtener una respuesta afirmativa, pagó en efectivo. Iba rezando. El chofer del bus lo dejó en otro lado por temor a acercarse a esa zona tan entrada la noche. Alberto no se hizo problemas, pensó que igual tendría que ir caminando en alguna parte del trayecto. La luna, delgada y fina, entrando en menguante, no iluminaba. Calculó que así no podría avanzar seguro. Esperaría. A la distancia vio la luz de las fogatas. La piel se le erizó. Tiritaba. Los dientes le rechinaban. Era miedo y no en vano. Empezó a llover, una cascada interminable caía del cielo, envolviéndolo en un velo gris y líquido.
Se ocultó en una especie de cueva. Tomó unos traguitos de turco buscando valentía. En cada sorbo, vio el pasado desplegarse hasta aquel remoto viernes, también de luna menguante, cuando emprendió la marcha junto a Leonidas. ¿Cuántos días estuvo aquella vez? ¿Quince, veinte? Debían recoger a sus padres y llevarlos al Callao. Se enteraron de que sus vecinos se habían convertido en espantapájaros por la miseria. Los que sobrevivieron, terminaron fugándose. Antón siempre se había resistido a dejar su lugar. No deseaba huir, pero lo obligaron. Alberto lloró desconsolado, tanto que sus ojos se hincharon. Se dispuso a prender un cigarro y siguió bebiendo, más de lo que tenía calculado. Escampó.
*
Tardó quince minutos en llegar al Uchuragra. Se sentó a la orilla, en una piedra grande, bajo la copa escuálida de un árbol. El mismo lugar donde, con dolor en el corazón, solía deshacerse de los cachorros recién nacidos, tirándolos a la corriente, pues representaban una carga para la familia.
Se zambulló en el agua. Dibujó una sonrisa, las anécdotas revivían. Bañándose con las compañeras del colegio, las tardes cabalgando en la ribera y los juegos con los primos. Los rayos del sol le sugirieron aquel cabello castaño, percibió la fragancia de Elva, jovencita. Respondía a su insistencia y desesperación. La arrastró hacia los matorrales para que nadie los viera. Alberto salió acezante, las gotas manchaban la tierra. Rendido ante la reminiscencia de la fragancia juvenil, atinó a tumbarse extendido boca arriba, aguantó la exhalación para conservar el perfume unos segundos más. Abrió sus brazos en forma de cruz, separó sus piernas y se entregó al disfrute con esa mano de tres dedos. Vio borroso un mundo perdido que se interrumpió por unos ruidos metálicos. Gotas de sudor aparecieron en su frente, la espalda se le humedeció. Una opresión en la garganta y un dolor en el pecho, apenas lo dejaban respirar. Pensó que se infartaría. Intentó tomar agua y disimular por si lo vigilaban.
Ecos de explosiones lo sobresaltaron. Emprendió el regreso, un terror palpitante se apoderó de sus pensamientos. Caminaba lento por el peso de los baldes hacia su calle. El aroma a pólvora y sangre impregnaba el aire. Con esfuerzo, luchó contra el mareo que amenazaba con nublar su mente. De pronto, llegaron a sus oídos sonidos provenientes de la casa de su amigo Mushurungo, alto, corpulento y de tez blanca. Pero era una ilusión imposible, él llevaba residiendo en una ciudad recóndita de California desde casi el mismo año en que Alberto se había mudado al Callao. Habían perdido todo contacto. Alguien le comentó que Mushurungo trabajaba podando la hierba de los viñedos en los amaneceres, evocando el aroma del valle de su infancia.
Quién anda ahí, gritó.
Se improvisó un silencio. Si se quedaba y tropezaba con los enemigos, desaparecería.
Apresuró el paso hasta la casa, cerró el portón y colocó el agua recogida en el baño. Defecó por la tensión acumulada. Cuando terminó, buscó el pico que había afilado hace poco. Iba a defenderse. No lo encontraba. Pero si lo dejé en el muro. Escuchó movimientos a lo lejos. Se estremeció no solo por la sensación de soledad sino por el frío del inicio de la noche. Prendió una lámpara para buscar esa herramienta, pero seguía sin aparecer. Mierda, dónde estará. Más movimientos que lo llenaban de incertidumbre. Se encerró. Espiaba por las ventanas a través de las cortinas empolvadas. Creía ver sombras y movimientos. Se sobresaltó por el ululato de unas lechuzas y su posterior vuelo. Carajo. El cansancio y la tensión que perduraban no eran buenas compañías. Daba vueltas. ¿Y si dejé el pico con el resto de los objetos? Fue hasta el galpón. Encontró el ambiente revuelto y las herramientas desordenadas. Seguía sin aparecer. Agarró una pala, le pesaba. Sintió punzadas en los temporales y en los muñones y se acordó de que le empacaron paracetamol. Decidió retornar, prepararse un café caliente y tomarlo al instante. Antes quiso ir a la gruta para pedir protección. Hizo el trayecto orando el Ave María en voz baja. La encontró tirada, los pedazos esparcidos. ¿El picuyo la tumbó?
Escuchó el susurro del viento entre la maleza, un lamento fantasmal que entonaba una triste melodía. Alberto palpó su pecho, y se encontró con el latido acelerado de su corazón, como el bombo de la banda del pueblo. Un reflejo del miedo a lo ignoto, a lo que se esconde entre las fauces de la oscuridad. Se encomendó, con voz ronca y temblorosa, a la Virgen del Carmen.
Con su pie derecho marcó tres cruces en el piso jurando no se supo qué. Llevaba una semana sin ver a los suyos, extrañaba a su hija, Zaida. Se sentía tentado a esfumarse, harto de las pruebas que la vida lo empujaba a afrontar. Mientras regresaba, volvió a la realidad de la manera menos romántica: pisó bosta fresca de caballo. Se resbaló. Profirió algunos insultos. Se enojó consigo mismo por no controlar la intensidad de sus miedos. Se quitó las botas para ingresar a la casa y con un trapo limpió las suelas. Hizo una mueca desdeñosa. Mientras calentaba el café, se prendió un cigarro Ducal y lo invadió una terrible ansiedad que aceleró las puntadas. Sudaba y se preguntó ¿Por qué la bosta estaba fresca? Un ruido sordo vino de la chacra. En un brinco se escondió. Dos golpes más. Cerró todo y apagó la lámpara. Cada vez están más cerca, se dijo. Intentó darse ánimo: No ha sido nada. Descorrió un poco la cortina. Respira. No tan fuerte. Te van a escuchar. ¿Y ese otro sonido? Carajo.
Leyles Rubio León (Callao, 1986). Ha publicado el libro de relatos Un salto ornamental en la piscina (2019) y la novela Bailando descalzo por Madrid (2016). Cursó la maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) y realizó el máster en Comunicación Corporativa de EAE (España). Actualmente, es consultor en estrategias de Comunicación, Storytelling y Asuntos Públicos; labor que alterna con la docencia universitaria, la dirección de talleres especializados y clubes de lectura.
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