Zoomylandia

Por Maribel Bello
I: @amaribelbello

Cliqueo Join a Meeting. Y entonces, mi habitación muta, y se vuelve aula, oficina, bar, diván, pista de baile, confesionario, gym y… No me di cuenta cuándo dije sí.

La computadora me avisa que en diez minutos comienza la sesión en Zoom. Copio el número de identificación que saco de una lista de diez más. Cliqueo Join a Meeting. La cámara me sorprende mostrándome en una versión brillante, cachetona y ojerosa. No me gusto en pantalla. Me acomodo y reacomodo en las dimensiones del cuadrito que tengo. Me abandono de la cintura para abajo. Traigo puesto uno de esos vestidos que no usaba por feo, viejo o raro. La ropa de calle ha dejado de serlo. Estoy descalza. Los zapatos perdieron su calle. Me pongo una taza de café en la esquina del escritorio anteponiéndome al tedio. De fondo, se ve mi pared blanca y el único cuadro que tengo. Cuadro que antes era solamente mío. Y entonces, mi habitación muta, y se vuelve aula, oficina, bar, diván, pista de baile, confesionario, gym y…

No me di cuenta cuándo dije sí. El bombardeo de mails me mantuvo lo suficientemente distraída para alcanzar a ver la intromisión. Me adaptaba rápido o me quedaba fuera de todo lo que era, de todas las que era. Mis opciones se redujeron a conectarme o desaparecer. No hubo lugar para la resistencia, mucho menos para el capricho. La confusión siempre ha tenido el poder de dejarme torpe y aletargada. Me pone en estado automático. Y desde ahí, pierdo control de las decisiones de mis dedos. 

Entonces sucede la “transición”. Siempre he dudado de esa palabra, finge ser benevolente y optimista, transformadora y revolucionaria, pero es manipuladora y oportunista. Lo suficientemente abstracta para no ser cuestionada y percibida. Hasta su escritura es complicada. No posee forma o estaticidad. Existe a partir de su ausencia. Y a mí las ausencias me han llevado muchas veces a terapia. Además, vive en los intermedios, que me enloquecen porque sólo se entienden hasta que se deja de estar en ellos. 

Esa palabra amorfa y fantasmal se metió por todos los rincones de la casa. Arrasó con telarañas y polvos viejos. Ultrajó la rutina y el carácter. Hizo del tiempo otros tiempos. Del anonimato un privilegio. En menos de un mes había aceptado a vivir en Zoomylandia y ser una zoombi. Y yo que ni alcancé a decir no. Nadie antes había entrado de manera abrupta a mi habitación, mucho menos sin pedir permiso. ¡Carajo! Y tanto que he aprendido de feminismos. ¿Qué diría Virginia Woolf de todo esto? ¿El título de su libro tendría que ser ahora Un cuarto digital propio?

¿Y los otros? Creo que también fueron despojados un poco de ellos. Su cuerpo ha sido mutilado por las medidas de la pantalla. Se han vuelto calcomanías digitales tamaño pasaporte. Estampillas enmarcadas por la intimidad de sus fondos. Rostros que han perdido plasticidad y textura. Miradas ausentes. Anteojos anti reflejantes. Cabellos revueltos y libres. Ojos sin maquillar. Espaldas ocultas. Dedos empoderados. Movimientos amorfos y accidentados. La textura de su piel depende ahora de la nitidez de sus pantallas. Y sus gestos corporales de la velocidad del internet. 

Me ha quedado como venganza ser voyerista digital. Husmear sobre la intimidad ajena es mi resiliencia. Me humaniza y consuela. Se ha vuelto una forma de volver a mí. Entonces veo paredes, cuadros, libreros, sillas, lámparas, mesas, hijos, perros, gatos, tazas. Cosas que ahora son también mías. Escucho sonidos de teléfonos, conversaciones accidentadas, motores de autos, voces de vecinos, pájaros, aullidos, tragos de café y… un estornudo. 

Los estornudos no volverán a ser como antes. Tampoco la tos. Han perdido su involuntariedad e ingenuidad. Ahora delatan y exponen. Son incómodos y peligrosos. Nos han puesto a vigilar las accidentadas reacciones de lo propio y ajeno. Policías del cuerpo. Exhiben nuestra vulnerabilidad y pequeñez. Como nosotros, han sido restringidos a la esquina de un codo y les han tapado la boca. ¿Qué diría Foucault de esto? Deja tú, mi abuela que usaba la tos para sacar palabras atoradas y el estornudo para detectar infidelidades o remembranzas. Hago Zoom para decir bajito y a distancia, que me siento atrapada y sumisa. Que grito hacia dentro con cubrebocas. Que Disneylandia nunca me gustó por inventar una realidad alterna llena de fantasía y felicidad. Que no podré dar la cara porque me ha sido oculta a la mitad, ni palpar el momento porque me han quitado el tacto, ni tendré el olfato público para intuir que algo anda mal. Y así, cada vez seré más zoom y menos out.

Imagen cortesía de la autora.

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